sábado, 25 de febrero de 2017

800 palabras

Hace años que me obsesiona Nueva Zelanda. Mi mente lo ve como aquel paraíso en la tierra tan lejano a mi rutina que me dará la libertad que siempre tengo la sensación que me falta. Mi fantasía me transporta a una granja en medio de la nada con un huerto orgánico y vistas a la Bay of Plenty, un lugar tranquilo y relajado donde pueda escribir y dedicarme a la encuadernación sin las preocupaciones del día a día, del trabajo y de los compromisos sociales. No me preguntéis por el motivo pero Jack Johnson y Jason Mraz me trasladan a mi retiro espiritual imaginario cada vez que cierro los ojos en busca de una vía de escape porque, a veces, la vida me abruma. Así que, con la música retumbando en mi cabeza y con los recuerdos de mi estancia en Nueza Zelanda encendidos, he decidido, tras la renuncia a mi doctorado, abrir una ventana a mi paraíso personal, a ese lugar de paz donde en alguna otra vida viví y en alguna otra viviré. 

800 words es una de mis series de televisión favoritas en este momento. La descubrí el año pasado y no puedo estar más contenta con el hallazgo. George Turner, un columnista australiano famoso, decide comprar una casa en Weld, un pueblecito costero imaginario de Nueva Zelanda, tras la muerte repentina de su mujer. Necesita empezar de nuevo en un lugar tranquilo en aquel pueblo donde pasaba sus vacaciones veraniegas de pequeño, rodearse de memorias felices en esos momentos de extremo dolor. Sus dos hijos no piensan lo mismo y se ven arrastrados a esa locura transitoria de su padre. Al llegar, la casa es una ruina y la idea de que aquello ha sido un error cobra más fuerza. Sin embargo, los habitantes de aquel peculiar lugar le muestran que Weld es el lugar perfecto para comenzar su nueva vida. 

¿Quién no ha fantaseado alguna vez con irse muy lejos de casa? Empezar de nuevo, en un lugar tranquilo y hermoso, rodeado de naturaleza y con la playa a un tiro de piedra para surfear. Yo levanto la mano animosamente y me confieso. Hubo un momento en la vida que hubiera hecho las maletas y me hubiera ido allí con los ojos cerrados. Pero al final la vida me atropelló y aquí estoy escribiendo desde mi despacho que no tiene vistas ni al mar ni a la naturaleza exótica pero que es la vida que al final he decidido vivir a pesar de que a veces no sea la más tranquila. Y es que aquí el tiempo pasa a otra velocidad, demasiado rápido como para poder apreciar lo bonito que me rodea. Mi mente escapa a fantasear a esa ventana de vacaciones perpetuas donde yo pueda elegir mi ritmo y mi propio tiempo. Mi cordura me lo agradece a duras penas.

George acaba adaptándose a esa manera de vivir donde aparentemente nunca pasa nada pero que a un nivel más profundo le conecta a su dolor, a él mismo y a su propia vida. Sus hijos, olvidando los primeros problemas de adaptación a la nueva realidad, también encuentran su lugar en el mundo, aceptan la pérdida de su madre y logran rehacer sus vidas a paso lento. 

Cambiar de aires ayuda a ver las cosas desde una perspectiva diferente, te coloca frente al problema que quieres ignorar porque si piensas que yéndote lejos tus problemas se van a solucionar por sí solos lo llevas claro. Puedo hablar por experiencia propia cuando digo que los fantasmas te persiguen allá donde vayas. Lo que hagas con ellos es lo que marca la diferencia entre superar lo que te atormenta o vivir en un sufrimiento continuo. Por eso llegó un momento en mi vida que se me mostró la necesidad de establecerme en algún lugar y lidiar con mis fantasmas personales. Y es cuando siento el impulso de irme muy lejos cuando me doy cuenta de que algo no está funcionando como debiera. No estoy hablando de ese deseo de conocer mundo por el placer de conocerlo, sino unas ganas enormes de hacer las maletas, buscar una beca o un nuevo trabajo e irme a vivir muy lejos. Así que aquí estoy de nuevo, escribiendo para reconectarme, para intentar descubrir qué necesito en vez de lanzarme kamikaze a aquello que quiero porque a veces lo que quiero, no es lo que necesito y es muy duro darse cuenta de ello.



No prometo regularidad como en otras ocasiones. Escribiré cuando el alma me lo demande, porque ahora quiero escuchar a mi corazón, dejar que mi alma hable y ver hacia dónde me lleva la intuición. Acabé con la planificación de mi vida, surfearé las olas tal como vengan porque al final esa es la emoción de la vida que hemos elegido.